Como cada tarde después del colegio, Pedro volvía andando a su casa. El trayecto no era muy largo; sólo tenía que salir del colegio, seguir la calle hasta llegar al río, cruzar por el puente, y atravesar el parque hasta llegar al edificio donde vivía. Otros niños también hacían un trayecto similar mientras charlaban o iban jugando en grupos durante el camino. Pedro volvía solo. Pero esta no era la única cosa que Pedro hacía solo, porque por la mañana también iba solo al colegio, en los recreos se sentaba solo en un banco con su bocadillo mientras el resto jugaba al fútbol, y en el comedor se sentaba él solo en una mesa para ocho mientras el resto de niños se apilaban en las otras mesas montando un escándalo durante toda la comida. Las pocas veces que interaccionaba con los demás niños era porque alguien quería pegarle un balonazo para reírse un rato, o cuando le tiraban comida a modo de proyectil desde las otras mesas en el comedor. Así que Pedro volvía solo a su casa, sí, pero contento de que se hubiese terminado otro largo día de colegio; y si además era viernes, la alegría era doble. Los viernes se desviaba un poco de su itinerario habitual para pasar por el videoclub. Tenía por costumbre ver una película los viernes por la noche, después de que sus padres se fuesen a dormir. Había llegado a ese acuerdo con sus padres porque todavía no le dejaban ir solo al cine. Ya con la película del videoclub bajo el brazo, Pedro entró por su portal y saludó a Mauricio, que tenía toda su atención puesta en un periódico y del que sólo obtuvo como respuesta un breve gruñido desganado.
Mauricio era el portero del edificio, aunque también hacía las veces de jardinero, cuando no de fontanero o electricista. Era, como él mismo se autodenominaba, un "técnico de mantenimiento multidisciplinar" y, además, era el inquilino más antiguo del edificio. Vivía en el Bajo-B y, a pesar de no ser precisamente un simpático abuelete feliz, los vecinos le tenían un cariño y un respeto especial.
Pedro dejó a Mauricio con su periódico, entró en el ascensor, pulsó el botón del sexto, y llegó a su casa.

La tarde transcurrió rápidamente siguiendo el plan trazado por la rutina: merienda, deberes, cena... Y cuando los padres de Pedro se fueron a la cama llegó el momento de ver la película.
-No pongas muy alto el volumen.- le advirtió a Pedro su madre.
-Ya.
Pedro se acomodó en el sofá, pulsó el play del mando a distancia y se dispuso a disfrutar de una velada cinéfila. No era que la película fuese aburrida, ni tampoco demasiado larga, pero el caso fue que, quizá por la conjunción irresistible de la comodidad del sofá con el calor hogareño o bien debido al cansancio acumulado durante la semana, Pedro se quedó dormido a los pocos minutos.
Cuando despertó y se dio cuenta de que se había perdido la película se llevó una gran decepción. Enfadado consigo mismo, iba a apagar la televisión e irse para cama, pero el programa que estaban emitiendo en ese momento atrajo su atención. Era alguna clase de programa musical, pero en la pantalla no se veía a nadie interpretando la música. Sólo se veían unas extrañas imágenes abstractas de colores intensos que se sucedían una tras otra al ritmo de la música. Pedro quiso acercarse a la pantalla para escuchar mejor la música pero, de repente, notó una rara sensación de mareo. El salón empezó a dar vueltas a su alrededor y perdió momentáneamente el sentido de la orientación. Al cabo de unos segundos, tras recuperarse del breve desvanecimiento, descubrió que se encontraba flotando boca abajo con la espalda pegada al techo del salón. La súbita sensación de vérigo que lo invadió hizo que se pusiese a agitar desesperadamente sus extremidades para intentar amortiguar la inminente caída sobre la mesita de cristal, pero, para su sorpresa, la temida caída no se produjo. Mientras en la televisión continuaban emitiendo el misterioso programa musical, en el techo del salón Pedro trataba de controlar la velocidad desbocada con que latía su corazón haciendo los ejercicios de respiración que había aprendido en las clases de educación física y que siempre le habían parecido una tontería supina. Una vez asumida la nueva situación en la que se encontraba, Pedro pensó en cómo tratar de llegar al suelo; y mientras pensaba en alguna forma de conseguirlo, se dio cuenta de que estaba descendiendo lentamente. Ahora que estaba más calmado, parecía que podía controlar sus movimientos con sólo pensarlo. Entonces intentó volar hasta el lado opuesto del salón y vio que aquello funcionaba. Se sentía verdaderamente cómodo. El miedo inicial había dejado paso a una sensación de paz y felicidad que nunca antes había experimentado. Realmente, era increíble que pudiese estar pasando algo así, y Pedro se sentía fenomenal. Disfrutaba dando vueltas de un lado a otro, poniéndose cabeza abajo, haciendo como que nadaba en el aire... Y tras estar un buen rato saltándose a la torera las leyes más elementales de la física, notó cómo de repente perdía la capacidad de mantenerse en el aire y caía irremediablemente. Aquello lo cogió por sorpresa, y el golpe que se pegó al aterrizar forzosamente contra el suelo fue tan sonoro que despertó a su madre. Desde el suelo vio cómo su madre entraba corriendo por la puerta del salón y la cara de sorpresa que se le quedó al ver que estaba tendido en el suelo.
-¿Pero que haces ahí tirado junto al sofá?
-Es que... me he quedado dormido... y me caído sin darme cuenta.
-¿Estas bien? Parecía que te hubieses caído de una escalera.
-Sí, estoy bien.
-Anda, apaga eso y vete a la cama. No se para que quieres ver películas si al final te quedas dormido.- le ordenó su madre mientras volvía a su habitación.
Pedro se fijó en la televisión, el programa musical acababa de terminar y estaban empezado con uno de esos cutre-concursos nocturnos de "llama y gana". Recogió todo, apagó la televisión y se fue a la cama; pero esa noche Pedro no pudo dormir. Su vida había cambiado por completo.

Continuará...