Volvía a ser viernes, pero no era un viernes normal. Pedro no había ido al colegio. Estaba cómodamente sentado en un butacón en la consulta de la Doctora Vázquez, psicóloga infantil, titulada por la Universidad de Salamanca según constaba en los documentos cuidadosamente enmarcados que decoraban las paredes de aquel despacho tan acogedor. Frente a él, sentada al otro lado de una elegante mesa de madera de roble, la Dra. Vázquez lo miraba con la expresión más cándida que Pedro había contemplado en su vida. Sin embargo, y a pesar de lo poco amenazador que pudiera parecer el panorama que se presentaba ante sus ojos, Pedro estaba más nervioso que si lo hubiesen obligado a cruzar un campo de minas. La doctora se dio cuenta e intentó tranquilizarlo:
-¿Tienes calor, Pedro? ¿Quieres que baje un poco la temperatura de la calefacción?
Pedro dijo que no con la cabeza.
-¿Te apetece un caramelito? Los tengo de todos los sabores- dijo la doctora señalando una cesta repleta de deliciosos caramelos que había sobre la mesa.
Pedro repitió su gesto de negación.
-¿Seguro? Todos los niños que vienen a visitarme dicen que están buenísimos. ¿Lo sabías?
Por tercera vez, igual que su tocayo en el Nuevo Testamento, Pedro volvió a negar. La doctora cogió un bolígrafo y sacó algunos papeles en blanco de un cajón.
-Bueno, Pedro. Entonces creo que lo mejor será que empezemos cuanto antes con nuestra reunión. ¿Te parece, corazón?
Pedro asintió con la cabeza. Sin mucho convencimiento, pero asintió. No tenía más remedio.
-Bueeeno... Como sabes, he estado hablando con tus padres y los he notado bastante preocupados por lo que pasó el viernes pasado por la noche. ¿Sabes a qué me refiero, Pedro?
Pedro asintió.
-Muy bien. Me han pedido que hable contigo ya que llevas prácticamente una semana sin decir una palabra. Ellos creen que puedo ayudar y, la verdad, yo también lo creo, Pedro. Me han contado lo que sucedió pero, ¿sabes que te digo? Que no me interesa. Lo que de verdad me importa es que tú me cuentes lo que pasó. Tu versión de los hechos es lo único importante para mi. Y, como sabes, no debes preocuparte de que se lo vaya a contar a tus padres. Porque ¿sabes que ocurriría si hiciese eso, Pedro? Que perdería mi trabajo. Como lo oyes. Tengo totalmente prohibido revelar nada de lo que me cuentan dentro de estas cuatro paredes; bueno, seis si tenemos en cuenta el suelo y el techo, jeje... En fin. Lo que aquí dentro se dice, aquí dentro se queda. Ese es mi lema, Pedro. Y te lo digo para que tengas la seguridad de que aquí no hay nada de que preocuparse. Mi trabajo es ayudar. Y para conseguirlo, necesito que tú me cuentes, Pedro, qué fue lo que pasó el viernes pasado.
Pedro empezó a titubear. No sabía muy bien qué hacer. Aquello le parecía un callejón sin salida.
-Y por supuesto. Tómate el tiempo que necesites, Pedro. No tenemos ninguna prisa.
La estrategia del silencio no había dado muy buenos frutos. Cuando Mauricio lo encontró el viernes pasado en el ascensor, Pedro calló, y Mauricio lo llevó junto a sus padres. Cuando sus padres, estupefactos, enfadados, preocupados y finalmente desesperados, quisieron saber qué había ocurrido, Pedro calló, y sus padres lo llevaron junto a la Doctora Vázquez. De modo que, en vista de que la estrategia del silencio no había hecho más que complicar las cosas, Pedro tomó la determinación de contar toda la verdad. Así que, sin pensárselo una segunda vez, abrió la boca y se lo soltó todo a la doctora.
-Lo que pasó fue que, gracias a un programa de televisión que emiten los viernes por la noche y confiere poderes especiales, salí volando por la ventana. Pero cuando el programa termina los poderes desaparecen y claro, por despiste me pilló a mitad de camino y no pude volver. Me caí en el río y luego tuve que ir hasta mi casa en un contenedor de basura y obligar a Mauricio a salir para yo poder entrar, pero me pilló en el ascensor. Si no hubiese tenido ese despiste nunca me hubiesen descubierto, pero ahora..., ahora ya no importa nada.
La doctora estaba petrificada. No llegó a anotar ni dos palabras en los papeles. Se había quedado como una estatua, mirando hacia el infinito. Pedro intentó hacerla reaccionar.
-¿Puedo coger un caramelo de fresa, por favor?
La doctora extendió su brazo hacia la cesta de caramelos, cogió uno y lo puso en la mesa frente a Pedro. Después volvió a su posición de estatua. Pedro se fijó en el caramelo. Era de menta.
-Creo que quizá tengamos un pequeño problemilla, Pedro- dijo la doctora, despertando al fin de su hechizo.
-¿Que no quedan caramelos de fresa?
La doctora cogió un caramelo de fresa y se lo dio a Pedro.
-Me refiero a que eso que me acabas de contar, ¿crees que realmente es lo que sucedió?
-Claro. Lo juro- afirmó Pedro con roturnidad.
La doctora pareció sumirse de nuevo en un estado de letargo, pensativa, en silencio. Mientras tanto, Pedro se metió el caramelo de fresa en la boca y empezó a chuperretearlo. El sonido del caramelo en la boca era lo único que se escuchaba en la sala.
De repente, como si le hubiesen aplicado una descarga eléctrica, la doctora se puso de pie mientras su silla salía disparada contra la pared. El repentino movimiento sorprendió a Pedro y provocó que el caramelo se le atascase en la garganta.
-¡Ya lo tengo!- gritó la doctora, al tiempo que comenzaba a dar vueltas alrededor de la mesa ajena al sufrimiento que estaba pasando Pedro, que se golpeaba una y otra vez el pecho para expulsar aquel caramelo asesino.
-¡Todo encaja!- seguía diciendo la doctora en pleno estado de excitación, mientras continuaba girando y girando.
Finalmente, Pedro logró escupir el caramelo, que fue a parar a la moqueta. La doctora se cansó de dar vueltas y volvió a ocupar su sitio al otro lado de la mesa. Ambos respiraron profundamente y un breve silencio puso punto final a tanto frensí.
-Pedro, eres sonámbulo- concluyó la doctora.
-¿Qué? ¿Sonámbulo? No, no, no. Yo estaba perfectamente despierto cuando...
-Creías estar despierto, cuando en realidad no lo estabas. Pedro, algunos sueños pueden ser más reales que la propia realidad. Y eso es lo que te ha pasado.
-Pero no se da cuenta de que...
Pedro se interrumpió a sí mismo. Algo en su cabeza le decía que quizá era hora de adoptar una nueva estrategia. Abandonar la sinceridad y empezar a seguirle la corriente a la doctora.
-Entonces... todo ha sido un sueño...
-Me temo que sí, Pedro. Pero no te preocupes, no es tan malo como parece. Ahora hablaré con tus Padres para tranquilizarlos y explicarles que con la ayuda de todos todo puede volver a la normalidad. ¿De acuerdo?
-Vale. Hem... Muchas gracias, doctora.
-A tí, corazón.
Mientras esperaba en otra sala a que la doctora terminase de hablar con sus padres, Pedro pensó que, después de todo, la cosa no había ido tan mal. El callejón sin salida que lo afligía hacía tan sólo unos momentos resultó tener una vía de escape. Ese dudoso diagnóstico de sonambulismo que tanto había convencido a la Doctora Vázquez le brindaba la posibilidad de continuar manteniendo a salvo su secreto. Después de todo lo que había pasado, Pedro veía la luz al final del túnel.
El camino de regreso a casa estuvo presidido por un silencio un tanto incómodo que ni siquiera la música que sonaba en la radio del coche era capaz de atenuar. Cuando ya estaban a punto de llegar, Pedro se dio cuenta de que iban a pasar junto al videoclub en el que solía alquilar sus películas de los viernes noche.
-¿Podemos parar un momento para coger una película?- preguntó Pedro, ansioso por volver a repetir el plan de las semanas pasadas.
Su madre se giró hacia el asiento trasero y lo miró. En la mirada de su madre Pedro adivinó la respuesta a la pregunta que acababa de hacer. Adivinó que las cosas no iban a irle tan bien como había pensado. Adivinó que todo se había ido al garete.
-Lo siento, Pedro. Pero no podrás ver más películas tu sólo. Al menos durante un tiempo.
Pedro no acertaba a decir ninguna palabra.
-Cómo... Pe-pero...
-La doctora nos ha avisado de que lo que te pasa puede ser peligroso. De hecho, abriste una ventana y si no te caíste por ella fue porque Dios no lo quiso. Por suerte, acabaste deambulando por el jardín mientras seguías dormido y no espachurrado contra la acera que hay bajo la ventana. No podemos correr riesgos, Pedro. Es por tu bien.
-No. No...
-Pedro, se acabó. No puedes ver la película y punto- zanjó tajante su padre sin quitar los ojos de la carretera.
Esa noche Pedro vio como su Padre cerraba concienzudamente cada ventana, como bajaba cada persiana, como cerraba con llave la puerta de casa y como guardaba esas llaves en el estante más alto del salón; un sitio que, sin hacer uso de su preciado poder, Pedro nunca podría alcanzar. Esa noche Pedro iba a dormir en una cárcel.
Se metió en cama pero no pudo conciliar el sueño. Era curioso, ahora recordaba aquellos días en los que podía volar hasta la azotea del edificio más alto como un sueño lejano, un sueño que nunca volvería a vivir porque estaba atrapado en una pesadilla de la que nunca iba a despertar. Nunca iba a despertar, pero tampoco podía conciliar el sueño. Maldición. Lo único que se le ocurrió fue sacar su viejo walkman de la mesilla, ponerse los cascos y esperar que la música de la radio barriese cualquier pensamiento de su cabeza. Pedro seleccionó una emisora al azar y dejó que la musica penetrase en sus oídos. Y, poco a poco, la música empezó a captar la atención de Pedro. El caso es que esa melodía le resultaba bastante familiar. Cada minuto que pasaba estaba más seguro de que esa música ya la había escuchado en alguna parte. Y cuando ya estaba a punto de recordar dónde la había escuchado... ¡PONG! Un pequeño golpe contra la lámpara del techo le hizo darse cuenta de que estaba flotando en el aire envuelto con las sábanas de su cama. Pedro miró hacia abajo. El colchón desnudo terminó de convencerlo del todo. ¡La música que se escuchaba en la radio era la misma que sonaba en aquel mágico programa de televisión! Rápidamente, Pedro memorizó la frecuencia de aquella misteriosa emisora de radio en su walkman. Y allí se quedó, flotando con la música, con una sonrisa de oreja a oreja mirando hacia la ventana. La persiana cerrada no le permitía ver el exterior, pero no le hacía falta verlo porque se lo estaba imaginando. Y no eran sueños, no. Era real. En ese momento tenía la total seguridad de que muy pronto estaría allá afuera, surcando al fin libre el cielo de la ciudad.




