Volvía a ser viernes, pero no era un viernes normal. Pedro no había ido al colegio. Estaba cómodamente sentado en un butacón en la consulta de la Doctora Vázquez, psicóloga infantil, titulada por la Universidad de Salamanca según constaba en los documentos cuidadosamente enmarcados que decoraban las paredes de aquel despacho tan acogedor. Frente a él, sentada al otro lado de una elegante mesa de madera de roble, la Dra. Vázquez lo miraba con la expresión más cándida que Pedro había contemplado en su vida. Sin embargo, y a pesar de lo poco amenazador que pudiera parecer el panorama que se presentaba ante sus ojos, Pedro estaba más nervioso que si lo hubiesen obligado a cruzar un campo de minas. La doctora se dio cuenta e intentó tranquilizarlo:
-¿Tienes calor, Pedro? ¿Quieres que baje un poco la temperatura de la calefacción?
Pedro dijo que no con la cabeza.
-¿Te apetece un caramelito? Los tengo de todos los sabores- dijo la doctora señalando una cesta repleta de deliciosos caramelos que había sobre la mesa.
Pedro repitió su gesto de negación.
-¿Seguro? Todos los niños que vienen a visitarme dicen que están buenísimos. ¿Lo sabías?
Por tercera vez, igual que su tocayo en el Nuevo Testamento, Pedro volvió a negar. La doctora cogió un bolígrafo y sacó algunos papeles en blanco de un cajón.
-Bueno, Pedro. Entonces creo que lo mejor será que empezemos cuanto antes con nuestra reunión. ¿Te parece, corazón?
Pedro asintió con la cabeza. Sin mucho convencimiento, pero asintió. No tenía más remedio.
-Bueeeno... Como sabes, he estado hablando con tus padres y los he notado bastante preocupados por lo que pasó el viernes pasado por la noche. ¿Sabes a qué me refiero, Pedro?
Pedro asintió.
-Muy bien. Me han pedido que hable contigo ya que llevas prácticamente una semana sin decir una palabra. Ellos creen que puedo ayudar y, la verdad, yo también lo creo, Pedro. Me han contado lo que sucedió pero, ¿sabes que te digo? Que no me interesa. Lo que de verdad me importa es que tú me cuentes lo que pasó. Tu versión de los hechos es lo único importante para mi. Y, como sabes, no debes preocuparte de que se lo vaya a contar a tus padres. Porque ¿sabes que ocurriría si hiciese eso, Pedro? Que perdería mi trabajo. Como lo oyes. Tengo totalmente prohibido revelar nada de lo que me cuentan dentro de estas cuatro paredes; bueno, seis si tenemos en cuenta el suelo y el techo, jeje... En fin. Lo que aquí dentro se dice, aquí dentro se queda. Ese es mi lema, Pedro. Y te lo digo para que tengas la seguridad de que aquí no hay nada de que preocuparse. Mi trabajo es ayudar. Y para conseguirlo, necesito que tú me cuentes, Pedro, qué fue lo que pasó el viernes pasado.
Pedro empezó a titubear. No sabía muy bien qué hacer. Aquello le parecía un callejón sin salida.
-Y por supuesto. Tómate el tiempo que necesites, Pedro. No tenemos ninguna prisa.
La estrategia del silencio no había dado muy buenos frutos. Cuando Mauricio lo encontró el viernes pasado en el ascensor, Pedro calló, y Mauricio lo llevó junto a sus padres. Cuando sus padres, estupefactos, enfadados, preocupados y finalmente desesperados, quisieron saber qué había ocurrido, Pedro calló, y sus padres lo llevaron junto a la Doctora Vázquez. De modo que, en vista de que la estrategia del silencio no había hecho más que complicar las cosas, Pedro tomó la determinación de contar toda la verdad. Así que, sin pensárselo una segunda vez, abrió la boca y se lo soltó todo a la doctora.
-Lo que pasó fue que, gracias a un programa de televisión que emiten los viernes por la noche y confiere poderes especiales, salí volando por la ventana. Pero cuando el programa termina los poderes desaparecen y claro, por despiste me pilló a mitad de camino y no pude volver. Me caí en el río y luego tuve que ir hasta mi casa en un contenedor de basura y obligar a Mauricio a salir para yo poder entrar, pero me pilló en el ascensor. Si no hubiese tenido ese despiste nunca me hubiesen descubierto, pero ahora..., ahora ya no importa nada.
La doctora estaba petrificada. No llegó a anotar ni dos palabras en los papeles. Se había quedado como una estatua, mirando hacia el infinito. Pedro intentó hacerla reaccionar.
-¿Puedo coger un caramelo de fresa, por favor?
La doctora extendió su brazo hacia la cesta de caramelos, cogió uno y lo puso en la mesa frente a Pedro. Después volvió a su posición de estatua. Pedro se fijó en el caramelo. Era de menta.
-Creo que quizá tengamos un pequeño problemilla, Pedro- dijo la doctora, despertando al fin de su hechizo.
-¿Que no quedan caramelos de fresa?
La doctora cogió un caramelo de fresa y se lo dio a Pedro.
-Me refiero a que eso que me acabas de contar, ¿crees que realmente es lo que sucedió?
-Claro. Lo juro- afirmó Pedro con roturnidad.
La doctora pareció sumirse de nuevo en un estado de letargo, pensativa, en silencio. Mientras tanto, Pedro se metió el caramelo de fresa en la boca y empezó a chuperretearlo. El sonido del caramelo en la boca era lo único que se escuchaba en la sala.
De repente, como si le hubiesen aplicado una descarga eléctrica, la doctora se puso de pie mientras su silla salía disparada contra la pared. El repentino movimiento sorprendió a Pedro y provocó que el caramelo se le atascase en la garganta.
-¡Ya lo tengo!- gritó la doctora, al tiempo que comenzaba a dar vueltas alrededor de la mesa ajena al sufrimiento que estaba pasando Pedro, que se golpeaba una y otra vez el pecho para expulsar aquel caramelo asesino.
-¡Todo encaja!- seguía diciendo la doctora en pleno estado de excitación, mientras continuaba girando y girando.
Finalmente, Pedro logró escupir el caramelo, que fue a parar a la moqueta. La doctora se cansó de dar vueltas y volvió a ocupar su sitio al otro lado de la mesa. Ambos respiraron profundamente y un breve silencio puso punto final a tanto frensí.
-Pedro, eres sonámbulo- concluyó la doctora.
-¿Qué? ¿Sonámbulo? No, no, no. Yo estaba perfectamente despierto cuando...
-Creías estar despierto, cuando en realidad no lo estabas. Pedro, algunos sueños pueden ser más reales que la propia realidad. Y eso es lo que te ha pasado.
-Pero no se da cuenta de que...
Pedro se interrumpió a sí mismo. Algo en su cabeza le decía que quizá era hora de adoptar una nueva estrategia. Abandonar la sinceridad y empezar a seguirle la corriente a la doctora.
-Entonces... todo ha sido un sueño...
-Me temo que sí, Pedro. Pero no te preocupes, no es tan malo como parece. Ahora hablaré con tus Padres para tranquilizarlos y explicarles que con la ayuda de todos todo puede volver a la normalidad. ¿De acuerdo?
-Vale. Hem... Muchas gracias, doctora.
-A tí, corazón.
Mientras esperaba en otra sala a que la doctora terminase de hablar con sus padres, Pedro pensó que, después de todo, la cosa no había ido tan mal. El callejón sin salida que lo afligía hacía tan sólo unos momentos resultó tener una vía de escape. Ese dudoso diagnóstico de sonambulismo que tanto había convencido a la Doctora Vázquez le brindaba la posibilidad de continuar manteniendo a salvo su secreto. Después de todo lo que había pasado, Pedro veía la luz al final del túnel.
El camino de regreso a casa estuvo presidido por un silencio un tanto incómodo que ni siquiera la música que sonaba en la radio del coche era capaz de atenuar. Cuando ya estaban a punto de llegar, Pedro se dio cuenta de que iban a pasar junto al videoclub en el que solía alquilar sus películas de los viernes noche.
-¿Podemos parar un momento para coger una película?- preguntó Pedro, ansioso por volver a repetir el plan de las semanas pasadas.
Su madre se giró hacia el asiento trasero y lo miró. En la mirada de su madre Pedro adivinó la respuesta a la pregunta que acababa de hacer. Adivinó que las cosas no iban a irle tan bien como había pensado. Adivinó que todo se había ido al garete.
-Lo siento, Pedro. Pero no podrás ver más películas tu sólo. Al menos durante un tiempo.
Pedro no acertaba a decir ninguna palabra.
-Cómo... Pe-pero...
-La doctora nos ha avisado de que lo que te pasa puede ser peligroso. De hecho, abriste una ventana y si no te caíste por ella fue porque Dios no lo quiso. Por suerte, acabaste deambulando por el jardín mientras seguías dormido y no espachurrado contra la acera que hay bajo la ventana. No podemos correr riesgos, Pedro. Es por tu bien.
-No. No...
-Pedro, se acabó. No puedes ver la película y punto- zanjó tajante su padre sin quitar los ojos de la carretera.
Esa noche Pedro vio como su Padre cerraba concienzudamente cada ventana, como bajaba cada persiana, como cerraba con llave la puerta de casa y como guardaba esas llaves en el estante más alto del salón; un sitio que, sin hacer uso de su preciado poder, Pedro nunca podría alcanzar. Esa noche Pedro iba a dormir en una cárcel.
Se metió en cama pero no pudo conciliar el sueño. Era curioso, ahora recordaba aquellos días en los que podía volar hasta la azotea del edificio más alto como un sueño lejano, un sueño que nunca volvería a vivir porque estaba atrapado en una pesadilla de la que nunca iba a despertar. Nunca iba a despertar, pero tampoco podía conciliar el sueño. Maldición. Lo único que se le ocurrió fue sacar su viejo walkman de la mesilla, ponerse los cascos y esperar que la música de la radio barriese cualquier pensamiento de su cabeza. Pedro seleccionó una emisora al azar y dejó que la musica penetrase en sus oídos. Y, poco a poco, la música empezó a captar la atención de Pedro. El caso es que esa melodía le resultaba bastante familiar. Cada minuto que pasaba estaba más seguro de que esa música ya la había escuchado en alguna parte. Y cuando ya estaba a punto de recordar dónde la había escuchado... ¡PONG! Un pequeño golpe contra la lámpara del techo le hizo darse cuenta de que estaba flotando en el aire envuelto con las sábanas de su cama. Pedro miró hacia abajo. El colchón desnudo terminó de convencerlo del todo. ¡La música que se escuchaba en la radio era la misma que sonaba en aquel mágico programa de televisión! Rápidamente, Pedro memorizó la frecuencia de aquella misteriosa emisora de radio en su walkman. Y allí se quedó, flotando con la música, con una sonrisa de oreja a oreja mirando hacia la ventana. La persiana cerrada no le permitía ver el exterior, pero no le hacía falta verlo porque se lo estaba imaginando. Y no eran sueños, no. Era real. En ese momento tenía la total seguridad de que muy pronto estaría allá afuera, surcando al fin libre el cielo de la ciudad.
Pedro es un chico introvertido y solitario. Un buen día, el descubrimiento de una habilidad secreta puso un poco de emoción en su vida. Pero un desafortunado descuido ha puesto en peligro la posibilidad de seguir usando en secreto tan apreciado poder. Solo, vistiendo únicamente un pijama empapado y perdido en la noche de la ciudad, Pedro tratará de regresar a su casa, sin ser descubierto, para mantener a salvo lo más valioso que ha tenido hasta ahora en su vida. ¿Lo conseguirá? Descúbranlo a continuación en...
El cielo de la ciudad. Capítulo III.
Pedro comprobó, mientras se asomaba cuidadosamente a la calle desde la escalinata que subía del río, que había nadado hacia la orilla opuesta a donde se encontraba su casa. Como no le apetecía en absoluto alcanzar la otra orilla a nado, no tenía más remedio que cruzar el puente. Pero no se trataba sólo de cruzar, sino de cruzar solo. Tendría que hacerlo cuando no hubiese ningún vehículo ni peatón. Calculó que el puente tendría unos cincuenta metros, así que podría atravesarlo rápidamente de un sólo sprint. Esperó agazapado el momento oportuno y cuando vio que éste había llegado saltó a la calle y empezó a correr hacia el otro extremo del puente a la máxima velocidad que le permitían sus piernas. El pijama mojado le pesaba bastante y entorpecía continuamente sus movimientos. Este detalle se le había pasado por alto en su cálculo previo. Se estaba cansando bastante y aún le quedaba un buen trozo por delante. Miró un momento hacia atrás y advirtió que un coche se disponía a cruzar el puente. Pedro apretó los dientes y sacó fuerzas para terminar los últimos metros sin desfallecer. Cuando al fin alcanzó el final del puente se oculto rápidamente en unos contenedores de basura colocados providencialmente al lado de la acera. El coche redujo su velocidad al llegar a la altura de Pedro; después, giró a la izquierda y prosiguió su camino. Pedro respiró doblemente, porque se había librado de ser descubierto y porque ya no le quedaba aire en los pulmones después de la carrera que se acababa de marcar.
A poca distancia de los contenedores había una parada de bus. Pedro observó desde su escondrijo. Nadie estaba esperando. El reloj de la parada marcaba las 3.36 horas. Más de las tres y media de la madrugada del sábado. Un murmullo que llegaba desde el otro lado de la calle llamó la atención de Pedro, que se asomó cuidadosamente para ver qué pasaba. En el parque, al otro lado de la calle, había como unas doscientas personas bebiendo, charlando, riendo... En fin, montando el mismo jaleo que Pedro recordaba haber oído muchas veces desde su salón mientras intentaba ver su película semanal. Al final del parque, en el sexto piso del primer edificio, había una ventana abierta con un trozo de cuerda colgando. Precisamente, la ventana por la que Pedro había salido de su salón y por la que no podrá volver a entrar. Pero antes de resolver el problema de cómo entrar en su casa estaba otro problema que le precedía en urgencia: cómo llegar hasta su casa atravesando con la mayor discreción posible un parque abarrotado de gente borracha. Pedro apenas tuvo tiempo de preparar un plan, vio como cuatro jóvenes se separaban de la muchedumbre y cruzaban la calle en dirección a los contenedores. Venían tambaleándose constantemente y riendo todo el rato, lo que dio algo de tiempo a Pedro para tomar una decisión rápida. ¿Qué opciones tenía? Pedro pensó: "o me tiro al río otra vez o...". Rápidamente, abrió la tapa de uno de los contenedores y saltó adentro rezando para que no lo hubiesen visto los cuatro que se acercaban. El hedor era insoportable. Pedro se tapó la nariz con la manga húmeda del pijama. De repente se abrió la tapa y cuatro botellas de cerveza vacías volaron hacia el interior. Una de ellas golpeo a Pedro, que soltó un pequeño quejido antes de morderse la manga de su pijama para silenciarse.
-¡Opstras!- dijo uno de los borrachos.
"Mierda, me han descubierto", se imaginó Pedro.
-¿Qué pasa, Jose?
-Sema currio una idea... ¡¡¡Carrera de contenedoreeeeeees!!! Venga va. David, tú y yo el verde. Y el amarillo pa Antonio y pa Nacho.
-Ja, ja, ja, jaaaaaaaaaaaa...
-¡¡Hasta el final del parque!! ¡El último paga unoj caxarros en la Taberna del Jorge!
-¡Vamos! Preparados, listos, ¡¡yaaaaa...!!
Pedro sintió cómo todo se empezaba a mover. Empezaba a hundirse entre las bolsas de basura y algunas se resquebrajaban. Necesitaba aire urgentemente. Se aupó como pudo hasta la tapa y la abrió un poco. Una ráfaga de aire limpio penetró en el interior. A través de la pequeña abertura podía verse cómo la gente se apartaba dejando un camino para los contenedores mientras jaleaban a los competidores como si estuviesen subiendo el Tourmalet. Cuando terminó la carrera, Pedro esperó un rato a que se alejasen los cuatro mientras discutían sobre quién tenía que pagar las bebidas que se habían apostado. "Seguro que han perdido los míos", pensó Pedro. Cuando sintió que ya se había quedado solo, salió del contenedor y respiró profundamente. Estaba lleno de suciedad y olía fatal; pero, al menos, la involuntaria gentileza de aquellos cuatro amigos lo había dejado a unos pocos pasos de su casa.
Pedro cruzó el jardín que Mauricio cuidaba todos los días con esmero y llegó hasta el portal del edificio. Lógicamente, el portal estaba cerrado y la opción de llamar a alguien al timbre para que le abriese la puerta quedaba absolutamente descartada. Tenía que pensar algo más ingenioso. Volvió al jardín y empezó a dar vueltas de aquí para allá hasta que encontró lo que buscaba, la llave del sistema de regado del jardín. Por supuesto, tenía un candado; Mauricio era muy minucioso en su trabajo. Pedro cogió una piedra que le pareció lo suficientemente contundente y golpeó el candado hasta que consiguió abrirlo. Giró la llave y el sistema de regado empezó a esparcir chorros de agua por todo el jardín.
Segunda ducha de la noche. Al menos ésta le serviría para lavar un poco la suciedad que se le había pegado en el contenedor. Se acercó a la ventana de Mauricio y lanzó la piedra contra la persiana. Acto seguido corrió a esconderse a un lugar oscuro y cercano al portal. Mauricio abrió su ventana y, al ver el sistema de regado conectado, empezó a vociferar maldiciendo a quienes quiera que fuesen los gamberros que habían hecho aquello. Sentía tener que hacerle eso a Mauricio, pero era la única forma de entrar en su casa. A los pocos segundos se encendió la luz interior del portal y Pedro observó cómo salía Mauricio vestido con un chubasquero, armado con un bate de béisbol y con ganas de matar a alguien. Mauricio abrió el portal y salió disparado hacia el jardín.
-¡Más vale que no os encuentre! ¡Por vuestro bien no cometáis ese segundo error! ¡¡¡Que no os encuentreeee!!!- bramaba Mauricio.
Pedro aprovechó el momento y antes de que se volviese a cerrar el portal se coló dentro del edificio. Se dirigió al ascensor y pulsó el botón, después de la paliza que se había pegado esa noche no podía subir un sólo escalón, estaba muerto de cansancio. El ascensor comenzó a bajar, iba por el quinto piso. Fuera, todavía se escuchaban los gritos de Mauricio y el sonido de los chorros de agua en el jardín. Cuarto piso... Mauricio lograba al fin cerrar la llave del riego. Tercer piso... Mauricio volvía hacia el portal, su voz se escuchaba cada vez más cerca. Segundo piso... Mauricio sacaba su manojo de llaves del bolsillo. Primer piso... Mauricio metía la llave en la cerradura, la giraba y... ¡DING! Pedro abrió apresuradamente el ascensor. Se metió dentro. Pulsó el sexto. El ascensor comenzó a subir. Lo había logrado. Había hecho lo más dificil, llegar hasta la puerta de su casa. Ahora tan sólo tenía que coger la llave bajo la maceta al lado de su puerta y entrar sigilosamente en casa. Siempre había pensado que su madre cometía una imprudencia dejando una llave de emergencia en ese lugar, pero en estos momentos le parecía la mejor idea de la historia. ¡DING! Sexto piso. Pedro salió despacio y se dirigió a la puerta de su casa. Iba a levantar la maceta pero escuchó los jadeos de alguien subiendo por las escaleras a toda velocidad. Mauricio debía estar saltando los escalones de tres en tres, ¡y a su edad! Pedro no tenía tiempo, dio media vuelta y se metió de nuevo en el ascensor. Se apartó del cristal translúcido y esperó en silencio el siguiente movimiento de Mauricio. Un instante después Mauricio hizo su aparición; estaba exhausto. En lugar de seguir subiendo hasta el séptimo, hizo una parada para descansar. En el ascensor, Pedro no movía un pelo. Mauricio iba recuperando poco a poco su respiración cuando, de repente, hizo una pausa y dijo:
-Estas aquí.
Pedro miró hacia el suelo. Las huellas que había dejado con sus pies mojados lo habían delatado. A través del cristal translúcido del ascensor vió como la sombra de Mauricio se abalanzaba contra la puerta. Pulsó el botón del bajo. El ascensor comenzó a descender. "Y ahora, ¿qué?", pensó Pedro. ¿Seguiría Mauricio persiguiendo el ascensor o haría alguna otra cosa? La respuesta no se hizo esperar. Cuando el ascensor llegó abajo, Pedro abrió un momento la puerta y escuchó como Mauricio bajaba las escaleras como si estuviese escapando del demonio. Se metió de nuevo dentro y esperó a que Mauricio llegase. Si el juego continuaba como hasta ahora, Pedro podría volver a subir, y esta vez Mauricio ya no tendría fuerzas para alcanzarlo. Pedro vislumbró la silueta de Mauricio escaleras abajo que se cernía una vez más sobre el ascensor. Pulso el sexto. Mientras el ascensor comenzaba a subir, Pedro escuchó como Mauricio gritaba.
-¡La has cagado! Ja, ja, ja. ¡¡La has cagadooo!!
Tan sólo le quedaban dos pisos por subir. Dos pisos y podría olvidarse de esta noche infernal. Pero las luces se apagaron. El ascensor se paró. Pedro no entendía qué estaba ocurriendo. Una tenue luz amarilla de emergencia impedía que Pedro estuvise envuelto en la total oscuridad. Golpeaba los botones del ascensor y no pasaba nada. La voz de Mauricio sonó a través de un interfono instalado en el ascensor.
-Quienquiera que seas, escucha con atención. No saldrás de ahí si yo no quiero. O te rindes ahora, o llamo a la policía. Pulsa el botón con la luz roja para hablar. Tienes diez segundos, o llamo a la policía. Uno. Dos. Tres...
La policía. Eso ya era demasiado. Pedro pulsó el botón.
-¡Lo siento Mauricio! ¡Me rindo! ¡Lo siento!- gritó Pedro entre sollozos.
Un débil y forzado hilo de voz surgió de la garganta de Pedro.
-Síííí...
Pedro lloraba. Todo se había terminado.
-No te muevas de ahí.
Las luces se volvieron a encender. El ascensor descendía. Al llegar abajo la puerta se abrió. Sentado en una esquina del ascensor, empapado de agua, sudor y suciedad, Pedro intuyó, a través de sus ojos mojados, la cara de asombro de Mauricio que le preguntaba:
-¡Pedro! Cielo santo. ¿Pero se puede saber qué es lo que estás haciendo aquí?
Más vale tarde que nunca. Esto no lo digo sólo por el tiempo que he tardado en volver a publicar en el blog, que ha sido mucho, bien es verdad, si no también por el tema que voy a tratar en este escueto post. A estas alturas ya conoceréis todos el programa de televisión Muchachada Nui, que emiten en La 2. Ya llevan dos temporadas en antena. Por eso digo yo que ya llego tarde, no voy a descubrir ahora nada que no hayáis visto o no sepáis. Este programa ha generado seguidores acérrimos (entre los que se cuentan mis amigos blogueros musica-en-vena y maiscinema) que se ríen a mandíbula batiente cada miércoles por la noche, pero también lo contrario, espectadores que permanecen impertérritos ante las historias de Joaquín Reyes y compañía sin que en su rostro se atisbe una mínima mueca de hilaridad. ¿Y yo?, os preguntaréis con gran angustia, ¿a qué grupo pertenezco? ¿soy de los que veneran a esta Muchachada y no pierdo ocasión de comentar con otros fieles entregados a la causa cuán divertidos y estimulantes han sido las últimas aventuras de Enjuto Mojamuto, Mr. Fart, las Celebrities... o por el contrario mi vida transcurre plácida y despreocupada por otros derroteros que nada tienen que ver con las tribulaciones de la cinta VHS, de la familia Klamstein o del Bonico del tó? Pues bien, haciendo un uso magistral del suspense pocas veces visto en un blog de estas características, postergaré la respuesta hasta el párrafo siguiente.
Lo reconozco, yo soy incondicional de Muchachada Nui (aunque supongo que algo ya sospechábais). Y para demostrarlo no voy a poner algún vídeo del programa, que podéis ver en su página web, a la que os remito, si no que me he hecho mi propio vídeo a imagen y semejanza de una de mis secciones favoritas del programa, Mundo Viejuno. He infringido numerosos derechos de autor, eso sí que es verdad, pero como ha sido con la mejor intención del mundo no creo que pase nada. Así pues, sin más dilación, os dejo con la versión doblada del tráiler de una de las películas más esperadas de este verano.
P.D.: Los que hayáis leído las dos primeras partes de El cielo de la ciudad no penséis que me he olvidado de continuar la historia. El relato de esta curiosa aventura continuará en próximos post coming soon.
Volvía a ser viernes y, como cada semana, Pedro regresaba a su casa con la feliz perspectiva de tener por delante un largo fin de semana alejado de algunos especímenes, compañeros de clase, a los que sin duda les habría venido bien que un buen día un autobús de dos pisos repleto de aspirantes al título de Miss Talla XXL les hubiera pasado lentamente por encima mientras cruzaban despreocupadamente la calle. La semana se le había hecho eterna, pero esta vez no había sido por las molestias que le producían los indeseables macarrillas que el infortunio le había deparado como compañeros de aula; no, esta vez la causa había sido la ansiedad, el anhelo de volver a experimentar la liberadora sensación de despegarse del suelo y eleverse por encima de todo. Pedro miró al cielo y sonrió, allí estaba su sitio. Pasó fugazmente por el videoclub y alquiló la primera película que tuvo a mano. Esta vez no tuvo en cuenta sus preferencias cinéfilas ya que la película sólo era una excusa para quedarse hasta tarde viendo la televisión mientras esperaba el comienzo de aquel misterioso y mágico programa musical. Llegó rápidamente hasta el portal de su edificio y saludó a Mauricio, que ocupaba su puesto habitual en la portería mientras leía su inseparable periódico. Cogió el ascensor, subió hasta su casa y esperó pacientemente a que llegase la noche...
Antes de irse a la cama, la madre de Pedro le advirtió que no se pasase con el volumen y que también tuviese cuidado con las "caídas inesperadas" que pudiera sufrir. Pedro le aseguró que sería lo más cuidadoso posible. Una vez se quedó solo en el salón, cerró la puerta y se sentó en el sofá. Estaban emitiendo un peñazo de programa de la prensa rosa. Pedro no puso la película y esperó pacientemente a que terminase la retahíla de insultos, recriminaciones, burlas, odios, broncas, vejaciones, discusiones, estupideces, humillaciones, ensañamientos, denuncias, acusaciones, protestas, descalificaciones, desaires, frivolidades, vilipendios, lanzamiento de dardos envenenados, puñaladas, peleas en el barro, patadas en la entrepierna, fusilamientos, crucifixiones, linchamientos y demás contenidos habituales del show mientras intentaba no quedarse dormido. Al fin, después de unos largos minutos de publicidad se hizo el silencio y, tras unos segundos de oscuridad, en la pantalla empezaron a danzar vivos colores al tiempo que empezaba a sonar una música que le resultaba familiar, una música extraña que no había sido capaz de recordar durante toda la semana pero que, al volver a escucharla de nuevo, resonaba fuerte y clara en sus oídos. Pedro empezó a flotar. Esta vez supo controlar su vuelo desde el primer momento. Después de dar un par de vueltas por el salón para cerciorarse de que lo vivido hacía una semana no había sido un sueño, se quedó parado frente a la ventana. Afuera, amparado por la oscuridad de la noche, el cielo de la ciudad le ofrecía un espacio ilimitado donde sacar el máximo partido a su recién adquirida habilidad. Se acercó a la ventana y la abrió. La brisa nocturna penetró bruscamente en el salón, pero Pedro no se atrevió a salir al exterior. Quería salir, pero los seis pisos de distancia que había hasta el suelo le imponían un poco de respeto. No obstante, había estado esperando este momento toda la semana y por nada del mundo quería dejarlo pasar. Lentamente, atravesó el pasillo que conducía a su habitación con cuidado de no tropezar con la lámpara del techo. Sacó una cuerda que había escondido en su armario unos días antes y voló de vuelta al salón. Ató con fuerza un extremo de la cuerda al sofá y el otro extremo alrededor de su cintura. Ahora se sentía un poco más seguro y, tras asomarse al exterior y comprobar que no había nadie mirando por alguna ventana, se decidió a salir. Al verse a tanta altura del suelo, empezó a sentirse mareado pero la sujeción de la cuerda le dio confianza para acostumbrarse a la nueva situación. Entonces, Pedro se desató la cuerda de la cintura y quedó totalmente libre, flotando en el aire frente a la ventana. Miró hacia arriba. Había unos pocos pisos de distancia hasta la azotea. Poco a poco, comenzó a ascender evitando pasar frente a las ventanas. Cuando llegó a la azotea se sentó en el borde y contempló desde allí toda la ciudad.
Pedró decidió que había llegado el momento de ponerse a prueba, así que se incorporó, tomó impulso y de un salto se elevó varios metros en el aire. Llegó hasta la azotea del edificio vecino y de ahí voló hasta la siguiente, y luego a la de más allá. Así estuvo un buen rato hasta que se fijó que la luna lucía espléndidamente en una noche tan clara. Le pareció buena idea acercarse un poco más a la luna y comenzó a elevarse en vertical a la máxima velocidad de la que era capaz. Cuando alcanzó una altura de varios cientos de metros se paró. Desde allí su vista no sólo abarcaba la ciudad entera sino que se extendía varios kilómetros en todas direcciones. En ese momento Pedro era la única persona de la existencia, quizá junto con los astronautas de la Estación Espacial Internacional, consciente de su insignificancia frente a la mole sobre la que caminamos cada día. Y como no estaba por la labor de dejar que se terminase la diversión, se dejó caer hacia el suelo. La subida de adrenalina que pudiese provocar la atracción más emocionante de cualquier parque de atracciones era de risa comparada con la sensación que experimentaba Pedro durante la caída libre sin paracaídas que estaba protagonizando. Y le encantaba. Estaba disfrutando como nunca. Después de un rato cayendo comenzó a frenarse poco a poco hasta posarse suavemente sobre el tejado de su colegio. Se tomó un momento de respiro, había sido una noche repleta de emociones y pensó que quizá ya era hora de irse a descansar. Se elevó y comenzó a volar despacio de regreso a la ventana del salón de su casa. Pero, de repente, al pasar sobre el río empezó a perder altura. Se dirigía hacia el agua y no podía hacer nada, salvo llenar sus pulmones de aire y prepararse para el chapuzón. Pedró cayó justo en el medio del cauce del río. El agua estaba helada. Alcanzó lo más rápido que pudo la superficie y nadó apresuradamente hasta uno de los muros laterales. Vio que más abajo había unas escaleras que subían hasta la calle, así que se dejó llevar por la corriente hasta alcanzar las escaleras. Se subió al descansillo y se apoyó contra la pared. Estaba tiritando de frio, pero lo que le fastidiaba de verdad era lo descuidado que había sido. El programa musical de la televisión ya habría terminado y con él también su capacidad para volar. Al menos tuvo la suerte de caer en el agua. Podría haber sido peor. Ahora lo que tenía que hacer era conseguir regresar a su casa. Y lo último que deseaba era ser visto por alguien. No tenía ningún interés en que lo descubriesen. ¿Pero cómo podría un niño en pijama y empapado pasar desapercibido por la calle a esas horas de la noche?
Como cada tarde después del colegio, Pedro volvía andando a su casa. El trayecto no era muy largo; sólo tenía que salir del colegio, seguir la calle hasta llegar al río, cruzar por el puente, y atravesar el parque hasta llegar al edificio donde vivía. Otros niños también hacían un trayecto similar mientras charlaban o iban jugando en grupos durante el camino. Pedro volvía solo. Pero esta no era la única cosa que Pedro hacía solo, porque por la mañana también iba solo al colegio, en los recreos se sentaba solo en un banco con su bocadillo mientras el resto jugaba al fútbol, y en el comedor se sentaba él solo en una mesa para ocho mientras el resto de niños se apilaban en las otras mesas montando un escándalo durante toda la comida. Las pocas veces que interaccionaba con los demás niños era porque alguien quería pegarle un balonazo para reírse un rato, o cuando le tiraban comida a modo de proyectil desde las otras mesas en el comedor. Así que Pedro volvía solo a su casa, sí, pero contento de que se hubiese terminado otro largo día de colegio; y si además era viernes, la alegría era doble. Los viernes se desviaba un poco de su itinerario habitual para pasar por el videoclub. Tenía por costumbre ver una película los viernes por la noche, después de que sus padres se fuesen a dormir. Había llegado a ese acuerdo con sus padres porque todavía no le dejaban ir solo al cine. Ya con la película del videoclub bajo el brazo, Pedro entró por su portal y saludó a Mauricio, que tenía toda su atención puesta en un periódico y del que sólo obtuvo como respuesta un breve gruñido desganado.
Mauricio era el portero del edificio, aunque también hacía las veces de jardinero, cuando no de fontanero o electricista. Era, como él mismo se autodenominaba, un "técnico de mantenimiento multidisciplinar" y, además, era el inquilino más antiguo del edificio. Vivía en el Bajo-B y, a pesar de no ser precisamente un simpático abuelete feliz, los vecinos le tenían un cariño y un respeto especial.
Pedro dejó a Mauricio con su periódico, entró en el ascensor, pulsó el botón del sexto, y llegó a su casa.
La tarde transcurrió rápidamente siguiendo el plan trazado por la rutina: merienda, deberes, cena... Y cuando los padres de Pedro se fueron a la cama llegó el momento de ver la película.
-No pongas muy alto el volumen.- le advirtió a Pedro su madre.
-Ya.
Pedro se acomodó en el sofá, pulsó el play del mando a distancia y se dispuso a disfrutar de una velada cinéfila. No era que la película fuese aburrida, ni tampoco demasiado larga, pero el caso fue que, quizá por la conjunción irresistible de la comodidad del sofá con el calor hogareño o bien debido al cansancio acumulado durante la semana, Pedro se quedó dormido a los pocos minutos.
Cuando despertó y se dio cuenta de que se había perdido la película se llevó una gran decepción. Enfadado consigo mismo, iba a apagar la televisión e irse para cama, pero el programa que estaban emitiendo en ese momento atrajo su atención. Era alguna clase de programa musical, pero en la pantalla no se veía a nadie interpretando la música. Sólo se veían unas extrañas imágenes abstractas de colores intensos que se sucedían una tras otra al ritmo de la música. Pedro quiso acercarse a la pantalla para escuchar mejor la música pero, de repente, notó una rara sensación de mareo. El salón empezó a dar vueltas a su alrededor y perdió momentáneamente el sentido de la orientación. Al cabo de unos segundos, tras recuperarse del breve desvanecimiento, descubrió que se encontraba flotando boca abajo con la espalda pegada al techo del salón. La súbita sensación de vérigo que lo invadió hizo que se pusiese a agitar desesperadamente sus extremidades para intentar amortiguar la inminente caída sobre la mesita de cristal, pero, para su sorpresa, la temida caída no se produjo. Mientras en la televisión continuaban emitiendo el misterioso programa musical, en el techo del salón Pedro trataba de controlar la velocidad desbocada con que latía su corazón haciendo los ejercicios de respiración que había aprendido en las clases de educación física y que siempre le habían parecido una tontería supina. Una vez asumida la nueva situación en la que se encontraba, Pedro pensó en cómo tratar de llegar al suelo; y mientras pensaba en alguna forma de conseguirlo, se dio cuenta de que estaba descendiendo lentamente. Ahora que estaba más calmado, parecía que podía controlar sus movimientos con sólo pensarlo. Entonces intentó volar hasta el lado opuesto del salón y vio que aquello funcionaba. Se sentía verdaderamente cómodo. El miedo inicial había dejado paso a una sensación de paz y felicidad que nunca antes había experimentado. Realmente, era increíble que pudiese estar pasando algo así, y Pedro se sentía fenomenal. Disfrutaba dando vueltas de un lado a otro, poniéndose cabeza abajo, haciendo como que nadaba en el aire... Y tras estar un buen rato saltándose a la torera las leyes más elementales de la física, notó cómo de repente perdía la capacidad de mantenerse en el aire y caía irremediablemente. Aquello lo cogió por sorpresa, y el golpe que se pegó al aterrizar forzosamente contra el suelo fue tan sonoro que despertó a su madre. Desde el suelo vio cómo su madre entraba corriendo por la puerta del salón y la cara de sorpresa que se le quedó al ver que estaba tendido en el suelo.
-¿Pero que haces ahí tirado junto al sofá?
-Es que... me he quedado dormido... y me caído sin darme cuenta.
-¿Estas bien? Parecía que te hubieses caído de una escalera.
-Sí, estoy bien.
-Anda, apaga eso y vete a la cama. No se para que quieres ver películas si al final te quedas dormido.- le ordenó su madre mientras volvía a su habitación.
Pedro se fijó en la televisión, el programa musical acababa de terminar y estaban empezado con uno de esos cutre-concursos nocturnos de "llama y gana". Recogió todo, apagó la televisión y se fue a la cama; pero esa noche Pedro no pudo dormir. Su vida había cambiado por completo.
Una vez, en clase, un profesor nos propuso un ejercicio curioso y divertido, a mi modo de ver. El ejercicio consistía en inventarse un pequeño relato a partir de unas frases que el profesor nos daba como inicio de la historia. Este comienzo decía algo así como:
"El sonido del teléfono lo despertó. Bruscamente, se levantó y descolgó el auricular. ¿Quién es?, preguntó. Una voz misteriosa le respondió desde el otro lado...".
Y a partir de este enigmático suceso cada alumno continuaba con su propia historia. Lo divertido era comprobar al final qué historia había escrito cada uno y lo diferentes que eran entre sí.
Yo os propongo ahora que hagáis este mismo ejercicio. Tampoco es necesario escribir una novela, se trata de echarle un poco de imaginación para pasar el rato; y como dije antes, puede llegar a ser diverido.
Y a continuación escribiré mi propio relato, que para eso he creado este blog, faltaría más.
Estaba durmiendo tan ricamente, cuando de repente...
El sonido del teléfono lo despertó. Bruscamente, se levantó y descolgó el auricular.
-¿Quién es? -preguntó.
Una voz misteriosa le respondió desde el otro lado.
-Hola. ¿Está David?
-¿Quién pregunta por él?
-Soy María, su... una amiga. ¿Puedo hablar con él?
-Lo siento, ahora mismo no está en casa.
-¡Genial! ¿No sabes cuando volverá?
-No.
-¿Sabes dónde podría localizarlo...?
-Emm... Pues no...
-¡Vaya! Entonces... No se... ¿Podrías dejarle un recado o algo?
-Sí, de acuerdo.
-Si lo ves, dile que quiero hablar con él, que es importante. Que me llame, por favor. Soy María, él ya tiene mi número. Si no, déjale una nota o algo... ¿Podrías hacerlo?
-...Sí, claro. Descuida.
-Dile que tengo que tengo que hablar con él, por favor.
-Bien, vale.
-¿Vale?
-Se lo diré.
-Bueno... Hasta luego, y gracias.
-Adiós, chao.
Colgó el auricular y se quedó inmóvil durante un momento, pensativo.
De pronto, se abrió la puerta y entró en la habitación un chico joven, con el pelo todavía mojado de una ducha reciente y vestido con ropa elegante.
-¿Qué tal? ¿Te despertó el teléfono? -dijo mientras cogía unas llaves de coche que estaban encima de una mesa-. ¿Quién era?
-Era una chica. Preguntaba por ti.
-Ajá. ¿Y le dijiste lo que te dije que le dijeses? -preguntó despacio David, consciente del trabalenguas que acababa de soltar.
-Sí -respondió tras un pequeño momento de silencio, como si hubiese estado repasando mentalmente la conversación telefónica que había mantenido hace tan sólo un minuto.
-Bien, pues yo ya me voy. Nos vemos mañana, ¿vale? Descansa, hermanito.
David salió de la habitación cerrando la puerta y dejándolo nuevamente solo. Durante un momento se quedó mirando la puerta cerrada, después observó durante un rato el teléfono. Finalmente, se tumbó en el sofá y se volvió a dormir.
Después de ver el magnífico anuncio que Martin Scorsese ha hecho estas navidades para una conocida marca de cava, me ha venido a la cabeza otro que, allá por 1985, realizara el famoso cineasta hindú Baharathija; personaje del que ya se ha hablado en este blog con anterioridad. En aquella ocasión, Baharathija no recibió los aplausos que sí recibe hoy Scorsese; más bien al contario, fue vilipendiado por todos los medios de comunicación y se convirtió en blanco de toda clase de críticas negativas, insultos y amenazas de muerte.
Baharathija fue contratado por una compañía productora de cava muy conocida en aquellos años, que meses después se declararía en quiebra, para hacer el tradicional anuncio navideño que todos los años la marca emitía en televisión por esas fechas. Las malas lenguas dicen que el impacto negativo que tuvo el anuncio fue lo que precipitó la quiebra de la compañía.
Baharathija sacó a relucir todo su sentido del espectáculo bollywoodiense para dotar al anuncio de un estilo colorista, desenfadado y atrevido al tiempo que realizaba una sutil crítica de la degradación del significado genuino de la Navidad; algo que no se supo apreciar en su momento.
El anuncio fue retirado después de su primera semana de emisión. La gente no se explicaba qué hacía un hinduista confeso dirigiendo un anuncio sobre la Navidad. La polémica que se creó al respecto fue enorme. Se dio orden de localizar y destruir cualquier documento audiovisual que contuviese fragmentos del anuncio o referencias al mismo. No obstante, recientes investigaciones sobre el caso han logrado recuperar y restaurar material original del anuncio que personas anónimas, poniendo en riesgo sus propias vidas, lograron mantener a salvo de la persecución sin precedentes que había tenido por objetivo eliminar de la faz de la tierra cualquier huella del controvertido anuncio de Baharathija. Con el material recuperado se consiguió realizar un montaje que recrea con absoluta fidelidad el anuncio original dirigido por Baharathija:
En la actualidad, expertos en mercadotecnia, sociólogos de renombre y diversos analistas de reconocido prestigio han declarado, tras haber visionado el anuncio, que "bueno, que tampoco era para tanto"; y se han quedado tan anchos.
El 24 de marzo de 1979 las autoridades policiales de la India rescataron del fondo del río Ganges el cadáver de una persona que estaba emparedado en un bloque de cemento. El suceso, ya de por sí llamativo, cobró especial relevancia cuando se descubrió la identidad del cadáver. Toda la prensa del país se hizo eco de la noticia: el cuerpo sin vida de Ravi, un conocido criminal, encontrado en el fondo del río. La policía había estado siguiendo la pista a Ravi durante los últimos 8 años, en los que su actividad criminal se habían desarrollado con mayor intensidad después de haber ascendido a los más altos escalafones de la mafia del país. Por eso, el hecho de encontrarlo muerto y en esas circunstancias causó gran sorpresa. La rumorología se disparó, se hablaba de rencillas entre jefes mafiosos, guerras internas del crimen organizado, etc. Pero nada se supo con certeza.
En su mansión de Bombay, el aclamado cineasta Baharathija se enteró de la noticia mientras leía el Hindustan Times, como hacía todas las mañanas, durante el desayuno. Baharathija, conmocionado por la crueldad del asesinato, sintió la necesidad de conocer más datos acerca de la vida de Ravi y las causas de su muerte atroz, e inició una investigación por su cuenta. Cuando hubo recabado suficiente información decidió que tenía en sus manos la historia ideal para una película. Así pues, Baharathija puso en marcha toda la maquinaria cinematográfica que tenía a su disposición para contar la historia de Ravi; una historia trágica, violenta, conmovedora y sin concesiones. El ambicioso cineasta no escatimó recursos para llevar a cabo este proyecto, que ya se había convertido en una obsesión personal; con un presupuesto de 4.000 millones de rupias y tras un rodaje de 19 meses, en los que tuvo que sortear no pocas complicaciones, finalmente logró terminar una película de proporciones descomunales. A pesar de tener una duración superior a los 250 minutos, la película fue un gran éxito y el día de su estreno, el 12 de abril de 1985, millones de espectadores acudieron en masa a las salas de cine donde se proyectaba. El hábil cineasta hindú tituló su película "¿Por qué Ravi acabó durmiendo con los peces?", sabedor de la enorme curiosidad que la muerte de Ravi había levantado en la gente de todo el país.
El enorme talento y afán perfeccionista de Baharathija logró que todos los aspectos de la vida de Ravi quedasen minuciosamente reflejados en la película. Así, al principio del film Baharathija analiza la infancia de Ravi, cuando todavía era un inocente niño que iba feliz a la escuela de su barrio. Pero el genio del cineasta deja entrever de forma magistral la sombra oscura que el destino cierne sobre el futuro del protagonista.
Ya en su juventud, Ravi había desarrollado un carácter agresivo y violento. Se unía a pandillas de maleantes que cometían pequeños hurtos y sacaban dinero en el mercado negro. En esos años Ravi se caracterizó por dirigir a los gupos de los que formaba parte con mano de hierro, siempre ejercía el rol de líder y no dudaba en usar la violencia para reafirmarse en cualquier momento. Su posición dominante le permitía disfrutar de mayores beneficios que los demás y destacar por encima del resto. Su nombre empezaba a sonar en el truculento mundo de la delincuencia. Era conocido con el sobrenombre de "huracán monzónico que atiza pa to los laos" por la manera en que se empleaba durante las peleas callejeras, de las que siempre salía airoso.
Ravi abandonó los grupos de delincuencia callejera para empezar a trabajar con jefes mafiosos. Empezó desde abajo, trabajando de mensajero, de chico de los recados. Pero los jefes le pagaban bien. Cada vez vestía mejores ropas y conducía mejores coches. Ya no era el joven impetuoso de antaño; ahora actuaba como un profesional, con más sangre fría. Pero a medida que Ravi ascendía posiciones en la pirámide del crimen organizado también crecían su ego y su prepotencia. Como no podía ser de otra manera, Baharathija plasmó a la perfección en su película esta crucial etapa de la vida de Ravi.
Uno de los aspectos que más despertó el interés de Baharathija durante su exhaustiva investigación fue la relación que Ravi había tenido con las mujeres. De sobra era conocido que Ravi era un mujeriego empedernido. Pero Baharathija quiso profundizar más en su faceta sentimental y descubrió que Ravi nunca tuvo una relación plena ya que en sus relaciones sentimentales se manifestaba una paradójica dualidad. Los sentimientos de Ravi nunca fueron correspondidos. Las mujeres a las que llegó a amar de verdad terminaban por abandonarle porque le temían, temían que fuese un delincuente que estaba al margen de al ley; en cambio, las que siempre estaban a su lado, las que caían rendidas a sus pies seducidas por el poder y el lujo que lo rodeaban y de las que Ravi podía disponer en cualquier momento, nunca fueron importantes para él, nunca sintió nada auténtico por ellas. Ravi era consciente de ello y se sentía profundamente desdichado. Baharathija dejó patente esta circunstancia en un par de secuencias absolutamente memorables.
Debido a su insatisfacción Ravi nunca consiguió ser feliz. La sordidez del mundo criminal tampoco ofrecía grandes esperanzas para un corazón magullado. Así que Ravi endureció su caracter con el paso de los años. Se convirtió en un ser frío e impenetrable. Había alcanzado un alto estatus como uno de los jefes más importantes de la mafia y parecía que nada más le importaba ya. Adicto al tabaco, al alcohol y al sexo, Ravi era un hombre despiadado que no dudaba en asesinar a alguien si lo creía oportuno, como nos muestra Baharathija en una de las escenas más impactantes de su película.
Y a esta altura de la historia la película alcanza a su momento culminante. Ravi había llegado a un punto en el que no era visto con buenos ojos por el resto de jefes mafiosos debido al elevado nivel de depravación que manifestaba en todos sus actos, demasiado incluso para ser uno de los mayores criminales del país. No obstante, algunos jefes todavía le tenían cierto respeto, como era el caso de Hardik. Hardik era muy aficionado a los juegos de cartas y organizaba con frecuencia partidas donde invitaba a otros amigos y compañeros del hampa. Estas partidas eran de una bajeza moral y espiritual tal que los participantes ya no se apostaban dinero, si no que directamente ponían en juego sus karmas, chakras, prana y demás conceptos filosóficos y religiosos en un claro acto de desprecio hacia las creencias y cultura de su país. A una de estas partidas acudió Ravi invitado por Hardik. Ravi tenía poca suerte ese día e iba perdiendo. Y es en un momento de esta partida cuando ocurre el suceso que precipitaría la repentina muerte de Ravi. La pregunta que Baharathija hacía a sus espectadores desde el mismo título de su película es respondida en una de las secuencias más sorprendentes de la historia del cine.
La ofensa personal y familiar era algo que Hardik no toleraba, quizá lo único que para él era sagrado, y la prepotencia de Ravi pasó por alto ese importante detalle en casa de su anfitrión. El incidente de la partida de cartas fue el detonante que puso fin a la vida de Ravi. Hardik mandó que asesinasen a Ravi justo cuando regresaba a su casa después de la partida. El resto de la historia la conoce todo el mundo.
Ravi, un reconocido criminal y asesino se descubre en esta magnífica película como un personaje trágico, de fatal destino e imposible redención. Una vez más queda demostrado, en esta ocasión gracias a la destreza creadora del genial Baharathija, el poder hipnótico de la ficción.
Calderón decía que la vida era sueño. Yo digo que los sueños son historias. Por tanto, aquí encontrará el visitante relatos de sueños, aventuras oníricas contadas sin mayor objetivo que hacerle pasar un rato entretenido; amén de otras historias no necesariamente inspiradas en sueños, para cuando la memoria me falle al despertarme.